“En Rizoma, Deleuze nos invita a que nuestros amores fueran según el modelo de la conjunción de dos series heterogéneas que abren y se embarcan en una línea de fuga; amores como los de la abeja y la orquídea, que inauguran un devenir-abeja de la orquídea y un devenir-orquídea de la abeja, empujándose uno a otro en una circulación de intensidades que les lleva cada vez más lejos”
Miguel Morey[1]
I N T R ODUCCIÓN
Inicialmente me había planteado una metodología para comentar el texto de san Agustín que consistía en separar los dos conceptos centrales (razón y fe), que se repetían a través del fragmento puesto en consideración (Carta 120), y explicarlos de manera independiente. Al finalizar esta bifurcación de caminos había proyectado una breve explicación de cómo los senderos en cuestión se unían. Este primer proyecto dibujaba un paisaje binario donde se mostraban dos islas (una isla teológica y otra filosófica) divididas por un mar abstracto que finalmente por un capricho de la naturaleza, un terremoto o cataclismo, resultaban acopladas en una unidad del azar. Tal dicotomía metodológica no dejaba de ser sospechosa pues el pensamiento agustiniano insiste intensamente en la unidad: fides-ratio, que no son dos elementos, sino una realidad. “El mismo Agustín se habría negado a oponer estas dos actividades espirituales, tanto en su objeto como en las facultades que ejercen principalmente”[2]. Esta breve reflexión me llevó a abandonar el primer esquema binario y replantear el comentario en función de una unidad. Es así como el texto que sigue intenta hacer un viaje en el pensamiento unificador del Águila de la Iglesia.
C A R T A 120 A C O N S E N T I O (AÑO 410)
...(falta una cita de Lyotard)[3]
Las Cartas, que ascienden a 270 dentro de la colección Benedictina (53 de ellas corresponden a remitentes de Agustín), son un tesoro de gran valor y dan evidencia de la incansable actividad del obispo dentro de la Iglesia.[4] Específicamente la Carta 120 fue escrita en el año 410, (de esta misma época datan la Carta 118 a Dióscaro y El único bautismo (Réplica a Petiliano)) y constituye una respuesta a un mensaje escrito que Consentio envía previamente a Agustín donde establece algunos puntos disonantes sobre sus doctrinas. La amplitud de los temas tratados a lo largo del escrito-respuesta exige que el Doctor africano implemente veinte pasajes agrupados en cuatro capítulos. Este hecho se destaca pues el género epistolar, siempre breve, se despliega hacia una suerte de pequeño tratado. La carta deviene prontuario.
“Te he rogado que vivieras aquí porque me ha complacido el ingenio que muestras en tus libros. Creyendo que algunos de mis opúsculos te son necesarios, quiero que los leas en mi presencia y no lejos de mí.”[5] De esta manera se inicia la carta y deja en evidencia primeramente el grado intelectual de Consentio, quien “tiene la facultad de saber explicar las cosas que piensa”[6] y en segundo lugar la familiaridad o estima que Agustín siente por él, pues amablemente lo invita a utilizar sus códices.
El siguiente apartado (2) es perspicaz. Se hace una apertura sobre el campo filosófico y se introduce rápidamente a la problemática que gira en torno a la fe y la razón, que no sólo perfuma esta epístola sino todo el desarrollo filosófico del Medioevo. Se trae, entonces, a colación un fragmento de la carta que Consentio envía a Agustín donde se reclama la primacía de la piedad (fe) sobre la razón. La primera es accesible a todos los fieles y está representada en la autoridad de los santos. Mientras la segunda es un privilegio para unos cuantos y está personificada por los filósofos y oradores. En consecuencia se argumenta que si la razón fuese el camino de la dicha, ésta sólo podría ser asequible para un reducido grupo, una élite. Por tanto la revelación divina no cobijaría a la humanidad en su totalidad sino que fundaría un principio de exclusión. Tal segregación dejaría al margen a los pescadores y a los débiles; en este orden de ideas “no tanto hay que buscar la razón cuanto el seguir la autoridad de los santos”[7]. Se escucha en las palabras precedentes ecos de un fideísmo primigenio que siempre representa una forma de irracionalismo y del cual Agustín se encuentra muy lejos (resuena un Tertuliano con su formula no-formulada[8] credo quia absurdum, que se edifica sobre una posición endurecida del discurso de san Pablo en la Primera Epístola a los Corintios[9])
El anterior argumento resulta sumamente interesante pues Consentio deja sentado el papel capital de la piedad dentro de la fe cristiana y sin embargo cuestiona a san Agustín y le exige una justificación sobre el papel que desempeña la razón dentro de la fe. El obispo de Hipona, con una agudeza sorprendente observa el error y lo exhorta: “Deberías pensar en tu deber de seguir la autoridad de los santos sin pretender de mí una razón para entender”, pues “¿Eres razonable cuando pides que yo u otro cualquiera doctor hable para que entiendas lo que crees? Pues debes corregir tu convicción. No es que vayas a rechazar la fe, sino que vas a contemplar también con la luz de la razón lo que ya con la firmeza de la fe admitías”. A partir de aqui, ayudado íntimamente por las manos de Dios y con sumo cuidado, el doctor africano va hilando a doble cordón un tejido misterioso que intenta cobijar la verdad suprema.
Aparece entonces la preocupación central de la filosofía cristiana que es, sin duda, el intento de reconciliar fides et ratio, fe y razón, razón y fe. El error de Consentio reside básicamente en ubicar a la fe en una torre de marfil, aislarla desesperadamente. Éste movimiento fragmentario que intenta cercar la piedad no deja de ser peligroso pues la ausencia de la razón impide guiarse rectamente en la geografía cristianan. La fe ha perdido su brújula y se mueve torpemente entre los valles, en tales condiciones es posible que los herejes se lancen sobre ella y violenten su débil comprensión, por ende el obispo de Hipona recomienda: “Ora intensa y fielmente para que el Señor te dé el entender”[10].
La antropología agustiniana, ampliamente influenciada por matices neoplatónicos, da más argumentos para reconciliar fe y razón. Dibuja, así, un hombre que condensa las tres funciones ascendentes de la naturaleza: el ser, el vivir y el entender[11]. Una piedra posee el ser, una bestia a su vez ostenta el ser y el vivir, mientras que un hombre despliega las tres escalas, él es, él vive y él entiende, por tanto “no hay ningún abuso en suponer que toda la creación se compendia en el mismo hombre”[12]. Dentro de este orden jerárquico, como se puede apreciar claramente, se destaca aquella particularidad por la que fuimos “creados superiores al resto de los animales”[13]. Cabe, en consecuencia, cuestionarse con severidad ¿si Dios, con su infinita inteligencia, nos ha dotado de almas racionales que nos sitúan en el punto cumbre de su creación, por qué habría entonces de odiar en nosotros esta facultad? ¿Acaso Dios pretende que sobreviva únicamente en nosotros el ser, es decir, intenta Él que seamos piedras estáticas sobre el camino, cuerpos in’anima’dos? O ¿en su plan divino está escrito nuestro destino de seres vivientes sin razón; bellas bestias, acaso, que no pueden contemplar su hermosura? ¡¡“Él nos libre de pensar que nuestra fe nos incita a no aceptar ni buscar la razón, pues no podríamos ni aun creer si no tuviésemos almas racionales.”[14] Contesta con ímpetu san Agustín. El argumento es revelador y puntual, queda, entonces, estructurado de la siguiente manera: la fe no puede instalarse en un plano independiente y negar la faceta racional del hombre como si ésta fuese una cualidad ajena a la persona. En caso de negar la validez de la razón desde los presupuestos de la fe se estaría generando una contradicción insalvable porque tan sólo el hombre que posee entendimiento lograría alcanzar el estatus de criatura espiritual y por tanto lograría acceder a la fe. No podemos concebir una bestia fervorosa, una planta creyente o una piedra beata puesto que el fervor, la piedad y la beatitud sólo se pueden cultivar en un hombre de fecundo intelecto. Así, podemos concluir que la fe es un cogitare cum assesione, un modo de pensar asintiendo. Si no hubiese pensamiento, no existiría la fe. Y de manera análoga, por su parte la inteligencia no elimina a la fe, sino que la refuerza y, en cierto modo, la aclara. En definitiva: fe y razón son complementarias, y esta es la actitud espiritual de san Agustín.
“Pertenece al fuero de la razón el que preceda la fe a la razón en ciertos temas propios de la doctrina salvadora, cuya razón todavía no somos capaces de percibir. Lo seremos más tarde.”[15] Ciertos temas pertenecientes al cuerpo doctrinal del cristianismo no pueden ser explicados y expuestos por las vías de la razón y por tanto se escapan a cualquier tipo de interpretación que intente dotarlos de coherencia y sentido. Bajo estas circunstancias imprecisas el ejercicio piadoso constituye un sendero provisional que conduce a la apropiación sobrenatural de un fenómeno en su totalidad. Tal es la situación específica de los milagros que los incrédulos se resisten a creer pues no se está ante una sustentación lógica y por tanto sería necesario ceder los argumentos en favor de la fe. “Bien ves que hay cosas cuya razón no podemos dar, y, sin embargo, existen”[16]. La dificultad que estos acontecimientos maravillosos producen cuando se intenta esclarecerlos no puede llevar a pensar, ni siquiera por un instante eterno, que son frutos de la voluntad irracional de un Dios caprichoso, pues el universo es una totalidad ordenada y regida infinitamente por la divinidad. “El fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad ejecutan su palabra”[17]. Las causas de estos sucesos extraordinarios no pueden ser percibidas ahora, no se pueden percibir, ni escuchar, sin embargo después, cuando el hombre abrace la plenitud de la unidad interna, contemplará el sumo orden; por lo pronto “es conveniente que permanezca un tanto oculta la razón de algunas maravillosas obras divinas, para que el conocimiento de su razón no amengüe la estima que de ellas pueden tener ciertos espíritus que en otro caso bostezarían de hastío”,”por eso, no conviene que las maravillas dejen de ser maravillas”[18]. (Este principio estético que crea una apertura sobre lo bello y hace una invitación a disponer los ojos ante las maravillas, es asombroso ya que frente al desencanto de la evidencia y lo frió grisáceo de la razón, opone la fascinación del enigma y el embrujo de lo desconocido). La constante insistencia sobre el poder que la admiración ejerce en el hombre remite e intenta fundamentar la confianza en aquello que escapa a la exploración sensorial. En consecuencia la piedad fiel se hace férrea, se ejercita y por tanto vigoriza sus movimientos dentro del alma.
Las maravillas, asombrosas e inexplicables, despiertan “la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”[19], es decir, incrementan progresivamente una fe infatigable. La fe produce en el hombre una actitud de buena voluntad, de amor sincero a la verdad y “purifica el corazón para que capte y soporte la luz de la gran razón”[20]. Es necesaria esta limpieza previa. Sin ella el cambio interior que se debe gestar en las entrañas mismas del alma no puede operar en el corazón de la persona pues éste permanecer endurecido, maculado por un sinnúmero de prejuicios y pleno de velos oscuros. En medio de las tinieblas la penetración de la luz divina es imposible y por tanto el acercamiento a la razón es sólo una quimera, pues aún no se ha avanzado en un buen sentido moral. Por el contrario se permanece en un abismo profundo. ”Desear pues, ver la verdad con animo de purificar el espíritu es invertir el orden y posponer lo que se debe anteponer: hay que purificar para ver. Luego si no podemos intuir la verdad, ya tenemos la autoridad establecida para hacernos capaces y para que nos dejemos purificar”[21]. Hay, entonces, que limpiar los ojos para ver mejor y solo la fe puede llevar a cabo esta catarsis. Hay que creer y depositar la confianza en Dios antes de aventurarse a dar el siguiente paso.
Poco a poco y bajo el influjo de la divinidad, la enunciación del problema abordado inicialmente se traduce en escritura y se organiza en una fórmula que resonará durante el devenir filosófico de occidente: credo ut intelligam e intelligo ut credam. El origen, la etimología (subrayaría apasionadamente san Isidoro de Sevilla) de esta enunciación se encuentra en Isaías 7, 9.[22], donde se puede leer: Si no creyereis, no entenderéis. Partiendo de esta máxima bíblica el obispo de Hipona distingue claramente dos cosas: “Se da el consejo de creer primero, para que después podamos creer lo que entendemos. Por lo tanto, es la razón la que exige que la fe preceda a la razón”[23]. Constantemente se ha insistido a lo largo del comentario que la fe inaugura y rige el camino del pensamiento, éste precepto es racional, por tanto el entendimiento hace que la fe se situé en un primer lugar. Agustín sabría agregar, también, que la fe posee la certeza absoluta que emana de una fuente eterna: la autoridad divina; y en esa medida es inmutable, indestructible, pues constituye la unidad en si misma, es lo uno indivisible. La razón humana, por su parte, no puede dar cuenta absoluta de la verdad debido a su mutabilidad: “...la misma razón es mudable, lo demuestra claramente el hecho de que unas veces se esfuerza, otras no, y llega a veces y a veces no llega”[24]; el logos es múltiple, plural -ya lo supieron claramente los griegos- y esta característica lo separa milimétricamente de la unidad que pretende la fe, un logos a la deriva puede forjar un camino verosímil mas no verdadero[25]. Se puede sintetizar, en este orden de ideas, que la fe piadosa, siempre inclinada hacia la unidad divina, debe iluminar como un sol de medio día a la razón humana, a ésta última le incumbe abrir bien los ojos y seguir y entender el sendero que ha sido revelado por el potente astro. Nisi credideritis, non intelligetis.
Conclusion rizomática
Vuelvo entonces al principio, e intentando parafrasear la cita que da apertura a este breve comentario se puede decir: aventurándose en un viaje en el pensamiento, Agustín nos invita a que nuestro amor hacia Dios sea según el modelo de la conjunción de dos series que se embarcan en una línea y de este modo se inaugura un devenir-fe de la razón y un devenir-razón de la fe, empujándose uno a otro en una circulación de intensidades que les llevan cada vez mas lejos.
[1] Miguel Morey, en el Prologo a: Foucault, Deleuze
[2] Jean Pépin, Historia de la filosofía, François Chatelet
[3] Jean François Lyotard, La confesión de Agustín
[4] www.enciclopediacatolica.com
[5] San Agustín, Carta 120, I, I.
[6] San Agustín, Op. Cit
[7] San Agustín, Op. Cit. I, 2.
[8] “...esto es lo que ha expresado la tradición al atribuirle [a tertuliano] la formula tan conocida credo quia absurdum, que por lo demás él no redactó textualmente, pero que apenas si violenta su pensamiento.” Jean Pépin, “San Agustín y la patristica occidental”, en: Historia de la filosofía
[9] San Pablo, Primera Epístola a los Corintios, 1, 17-2,16.
[10] San Agustín; Op. Cit, III, 14
[11] San Agustín, Del libre albedrío, II, 3, 7
[12] San Agustín, Exposición sobre algunas proposiciones de la Epístola a los Romanos, 53.
[13] San Agustín, Carta 120, I, III.
[14] Ibidem, III.
[15] Ibidem , I, 3.
[16] ibidem, I, 5.
[17] Salmo 148, 8. La Biblia
[18] San Agustín, Carta 120, I, 5.
[19] San Pablo, La Epístola a lo Hebreos, 11, 1
[20] San Agustín, Carta 120, I, 3.
[21] San Agustín, De la utilidad de creer, XVI, 34.
[22] La traducción más cercana a la formula empleada por Agustín “si no creyereis, no entenderéis” se encuentra en la versión griega de los Setenta.
[23] San Agustín, Carta 120, I, 3.
[24] San Agustín, El libre albedrío, I, 55
[25] “...Dios es más sabio que todos los hombres. He ahí lo que no pudieron aceptar ciertos filósofos y oradores; seguían un camino no verdadero, sino verosímil, y en él se engañaban a sí mismos y engañaban a los demás” San Agustín, Carta 120, I, 6.
- San Agustín, Cartas.
- , Las confesiones
- , Del libre albedrío
- , De la utilidad de creer
- , Exposición sobre algunas proposiciones de la Epístola a los Romanos
- Miguel Morey, en el Prologo a: Foucault, Deleuze
- Jean Pépin, Historia de la filosofía, François Chatelet (comp.)
- Jean François Lyotard, La confesión de Agustín
- Nicolai Abbagnano, Diccionario de Filosofía
- Regis Jolivet, El problema del mal según San Agustín
- Étienne Gilson, El espíritu de la filosofía medieval
- La Biblia
Al hablar del pensamiento medieval salta con rapidez al escenario el concepto de filosofía cristiana e inmediatamente surgen las controversias. El debate queda abierto y diversos sectores toman parte de la discusión. Filósofos, teólogos, intelectuales e historiadores, cada uno desde un conjunto de saberes y sus respectivas áreas de competencia, mezclan sus argumentos para definir que tan correcto o conveniente es hablar de una filosofía cristiana.